
Desde hace tiempo he observado que en las iglesias hay largas filas para comulgar y eso me dio mucho gusto, porque la comunión es una expresión visible del deseo de encontrarnos con Cristo, de alimentarnos de su vida y de permanecer unidos a Él y a la comunidad.
Sin embargo, en algún momento me di cuenta de que los confesionarios están casi vacíos. Me surgió entonces la pregunta: ¿cuánta gente se confiesa en proporción con la que comulga?
Me puse a revisar la información al respecto y me encontré con que, aunque muchos católicos reciben la comunión con frecuencia, solo una parte mucho menor se acerca regularmente al sacramento de la reconciliación. En distintos países y contextos se repite el mismo patrón: la participación en la Eucaristía es mucho mayor que la práctica habitual de la confesión. No es un fenómeno aislado de una parroquia o de una región geográfica, sino una tendencia amplia en la Iglesia actual.
Sin embargo, reflexionando sobre el sentido y el valor del sacramento de la Reconciliación, he caído en la cuenta de que la Iglesia no busca largas filas frente a los confesionarios. Busca algo más hondo: una sociedad de hombres y mujeres que caminen, cada día, en la voluntad de Dios.
El sacramento de la Reconciliación no nació para producir estadísticas de gente confesándose ni para llenar horarios parroquiales. Nació para sanar la relación rota entre Dios y el ser humano, y para volver a unir lo que el pecado, la indiferencia o el descuido han ido separando. Su sentido no es “cumplir” con un rito, sino ayudar a que la fe se vuelva vida concreta.
Por eso, antes que pensar en cuántos se confiesan, necesitamos pensar en cómo vivimos.
Escudriñar el corazón
La reconciliación comienza mucho antes de entrar al confesionario. Empieza cuando una persona se atreve a mirarse por dentro con verdad. No con dureza, pero sí con sinceridad. Preguntarse: ¿qué digo?, ¿qué callo?, ¿qué pienso?, ¿qué deseo?, ¿qué hago y qué dejo de hacer?
No solo pecamos con actos visibles. También con palabras que hieren, con silencios que abandonan, con pensamientos que desprecian, con omisiones que permiten injusticias. La fe no se practica solo en el templo; se practica en la casa, en el trabajo, en la calle, en la forma de tratar al otro.
Escudriñar el corazón no es buscar culpa por culpa. Es buscar congruencia. Es preguntarse si lo que decimos creer se parece a la forma en que vivimos.
Reconciliar fe y vida
El gran problema no es que haya pocos confesionarios llenos. El gran problema es que muchas veces la fe y la vida caminan por caminos distintos. Decimos creer en un Dios de amor, pero vivimos con dureza. Decimos seguir a Jesús, pero ignoramos al que sufre. Decimos buscar la verdad, pero mentimos cuando nos conviene.
La reconciliación no es solo decir nuestros pecados a Jesús a través del sacerdote. La reconciliación es volver a alinear el corazón con el Evangelio. Es dejar que Dios nos vuelva a colocar en el camino cuando nos hemos desviado. Por eso, una persona reconciliada no es la que más veces se confiesa, sino la que más seriamente conduce su vida a la luz de Dios.
El sacramento como encuentro, no como trámite
Cuando la confesión se vive como trámite, pierde su fuerza, pero cuando se vive como encuentro, lo cambia todo. No es ir a “decir cosas malas”. Es ir a poner la vida delante de Dios y decir: “Señor, así estoy, así he vivido, así he fallado, por eso quiero cambiar”. El sacerdote no es un juez frío: es testigo de la misericordia de Dios y servidor del perdón que Cristo ofrece.
Pero incluso antes de llegar al confesionario, cada creyente puede vivir una espiritualidad de reconciliación revisando su conciencia con sinceridad, pidiendo perdón a quien ha herido, corrigiendo lo que está mal y buscando vivir como hijo de Dios en lo cotidiano.
No filas, sino caminos nuevos
No soñamos con templos llenos de gente esperando turno para confesar. Soñamos con hogares donde se pida perdón. Con trabajos donde se actúe con justicia. Con jóvenes que cuiden su vida y su dignidad. Con adultos que vivan con verdad. Con comunidades donde la fe se note en la manera de vivir.
Si eso sucede, entonces la reconciliación ya está obrando, aunque no siempre tenga forma de fila frente a un confesionario.
El sacramento de la Reconciliación no es una meta en sí mismo. Es un medio para algo más grande: que la fe no sea solo palabra, sino vida; no solo creencia, sino camino; no solo rito, sino transformación.
Porque al final, lo que Dios quiere no es multitudes confesándose, sino hijos e hijas caminando cada día en su voluntad. Y ese camino empieza en el corazón, sigue en la vida diaria y, cuando hace falta, encuentra en la reconciliación un abrazo que vuelve a levantarnos para seguir andando.










