
No toda conversión nace del abandono del mal. A veces Jesús nos llama cuando estamos haciendo lo correcto, para llevarnos más allá de la comodidad y hacia la santidad.
La Escritura habla con frecuencia de la luz de Dios que acompaña un camino. Así lo expresa el profeta Isaías cuando anuncia que “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9,1). Se trata de un pueblo que avanza aun cuando no ve con claridad.
Las tinieblas, en la Biblia, a veces significan pecado o ignorancia; pero otras veces se refieren a fragilidad, confusión, cansancio y espera. Y es precisamente ahí donde la luz aparece para darle orientación al que tropieza, para ayudar y acompañar al caminante.
Isaías subraya un dato decisivo: esa luz no surge en el centro religioso o político, sino en Zabulón y Neftalí, una región fronteriza, marcada por la mezcla cultural y religiosa, considerada marginal. Dios parece elegir deliberadamente los bordes. Tal vez porque en las periferias el corazón está menos endurecido. O porque quien vive en la frontera sabe que necesita luz para no perderse.
El Evangelio según san Mateo retoma esta profecía y la hace carne en una escena concreta: Jesús comienza su misión en Galilea, no en el templo, no entre los expertos, sino caminando junto al lago, encontrándose con hombres ocupados en su trabajo cotidiano (cf. Mt 4,12-23). Antes de pedir algo, Jesús se hace cercano. Antes de llamar, se sitúa a su lado.
Su primera palabra es una invitación interior: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. La conversión que Jesús propone nace de la proximidad y el Reino se anuncia como cercanía inesperada. No como un ideal lejano, sino como una realidad que ya camina con nosotros.
Cuando Jesús llama a los primeros discípulos, no les reprocha su pasado ni les pide cuentas. Simplemente les dice: “Síganme”. Y el Evangelio añade, con una sobriedad desconcertante: “Ellos dejaron las redes y lo siguieron”. Debemos notar que lo que hacían esos pescadores no era malo, no se trataba de dejar lo que era malo para seguir lo que era bueno, su actividad era noble y las redes estaban en buen estado. ¿Entonces por qué dejar esa actividad?
Aquí aparece una clave espiritual profunda: la conversión no consiste siempre en abandonar el mal, sino en soltar lo que fue bueno, pero ya no da vida. Hay redes que nos sostuvieron durante años, pero que, llegado un momento, ya no son suficientes. Seguir a Cristo implica discernir cuándo una seguridad legítima comienza a impedir el paso hacia el Reino.
¿Cómo podemos entender estoy hoy en día? No siempre se trata de dejar una vida de vicios para seguir el Evangelio con un vida recta. A veces el señor nos llama cuando lo que hacemos es noble, sano y bien visto, para hacer algo no sólo sano y noble sino santo.
Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿cuáles son hoy nuestras redes? No solo hábitos malos, también pertenencias buenas, identidades legítimas, seguridades espirituales que, sin darnos cuenta, pueden volverse jaulas que nos atrapan.
A veces el Señor nos llama cuando lo que hacemos es noble, sano y bien visto, para conducirnos a algo no solo bueno, sino santo. Pero ese paso suele implicar también soltar una red más sutil: la red de querer sentirnos “de los nuestros”, de tener una etiqueta, un bando, un nombre. Y cuando esa red se aprieta, la fe se vuelve propiedad y la comunidad se fractura.
Esta llamada a la unidad interior y eclesial resuena con fuerza en la exhortación de san Pablo a la comunidad de Corinto (cf. 1 Co 1,10-13.17). Pablo no reprocha la falta de fe, sino la apropiación de la fe. Cuando el Evangelio se convierte en bandera, cuando Cristo se fragmenta en pertenencias —“yo soy de Pablo”, “yo de Apolo”, “yo de Pedro”— la cruz pierde su fuerza. No porque Cristo se divida, sino porque el corazón humano prefiere seguridades parciales antes que la totalidad del amor.
La pregunta de Pablo sigue siendo incisiva y actual: “¿Acaso Cristo está dividido?”. La luz no se reparte. Se acoge o se rechaza. Y solo puede iluminar de verdad cuando no intentamos poseerla.
Las tres Escrituras convergen en una misma invitación silenciosa: caminar aun cuando no todo está claro, dejar las redes cuando la luz las vuelve estrechas y renunciar a dividir a Cristo para sentirnos seguros.
La buena noticia es que la luz ya está presente. No exige perfección previa. Solo disponibilidad. Quizá por eso la pregunta decisiva no sea: ¿qué debo hacer?
sino algo más hondo y más verdadero:
¿Qué sigo sosteniendo cuando la luz ya ha salido a mi encuentro?










