
La petición más conocida del cristiano es también una de las más exigentes. ¿Por qué Jesús nos enseña a pedir perdón a Dios con la medida de nuestro propio perdón? Una mirada pastoral para comprender que no ponemos a Dios bajo nuestra medida… sino que pedimos que nuestra medida de perdonar sea transformada por la suya.
Hay frases del Evangelio que repetimos desde niños, pero que, cuando las pensamos de verdad, nos sacuden por dentro. Una de ellas está en el corazón mismo del Padrenuestro:
“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…” Dicho sin rodeos, suena fuerte. Es como si le dijéramos a Dios: “Perdóname en la misma medida en que yo perdono”.
Y entonces surge la inquietud, muy humana y muy honesta: ¿por qué pedirle a Dios —que es infinitamente misericordioso— que nos tome a nosotros, tan limitados y tan frágiles para perdonar, como referencia de su perdón?
A primera vista, pareciera que estamos poniendo a Dios bajo nuestra medida. Pero la reflexión de los grandes teólogos y biblistas católicos va en otra dirección mucho más profunda y luminosa: no estamos poniendo a Dios bajo nuestra medida… estamos poniéndonos nosotros bajo la suya.
La frase no pretende establecer un parámetro para Dios, sino revelar la coherencia interior que debe existir en el corazón que pide misericordia. Dicho de manera más sencilla: no es una condición que limite a Dios… es una condición que revela al hombre.
Cuando Jesús enseña el Padrenuestro, está describiendo la lógica espiritual del Reino. Y dentro de esa lógica hay una verdad decisiva contenida en todo el Evangelio: el corazón que se cierra al hermano se vuelve incapaz de acoger plenamente el perdón de Dios.
Aquí la clave no es jurídica, sino existencial. Dios no perdona “menos” porque nosotros perdonemos poco. Su misericordia no disminuye ni se dosifica. Lo que ocurre es otra cosa: el corazón endurecido no sabe qué hacer con esa misericordia.
Es como la lluvia que cae tanto sobre la roca como sobre la tierra. La lluvia es la misma, abundante, generosa… pero solo la tierra puede absorberla. La roca la deja correr.
Así ocurre con el perdón de Dios.
Por eso muchos biblistas explican que la expresión “como también nosotros perdonamos” no debe leerse primero como una comparación aritmética, sino como una disposición interior.
No significa: “perdóname exactamente en esta proporción”. Significa más bien: “perdóname mientras yo entro en la dinámica del perdón”.
San Juan Pablo II, Benedicto XVI y numerosos exegetas han insistido en esta idea: el perdón recibido y el perdón dado forman un solo movimiento espiritual. No son dos actos aislados, sino dos direcciones de un mismo flujo de gracia.
El hombre no produce el perdón; lo deja circular. Cuando lo detiene —por rencor, orgullo o deseo de venganza— algo se bloquea dentro de él. No porque Dios retire su gracia, sino porque el hombre levanta un muro y no permite que la gracia fluya.
Los Padres de la Iglesia usaban una imagen muy elocuente: la del canal de agua. El perdón de Dios quiere atravesar el corazón humano para llegar a los demás. Si el canal se obstruye, el agua no deja de brotar en la fuente… pero ya no fluye hacia adelante.
Por eso Jesús añade, inmediatamente después de enseñar el Padrenuestro, una advertencia que los biblistas consideran clave para entender toda la oración:
“Si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas”.
Leído superficialmente, suena a una condición “si quieres que te perdone, debes perdonar también”, pero leído teológicamente, es más bien una descripción de cómo funciona el corazón humano ante la gracia. No es que Dios se vuelva menos misericordioso. Es que el hombre, al negarse a perdonar, se incapacita para acoger el perdón.
Santo Tomás de Aquino lo explicaba con una claridad luminosa: Dios ofrece siempre su misericordia, pero no la impone violentando la libertad interior. El perdón requiere un corazón configurado con la misericordia divina. Y perdonar al prójimo es precisamente lo que ensancha ese corazón.
Por eso, lejos de ser una frase arrogante, esta petición del Padrenuestro es profundamente humilde.
No dice: “Perdóname porque yo perdono muy bien”. Dice más bien: “Perdóname mientras yo aprendo a perdonar”. Es la oración de quien sabe que no está terminado.
Muchos teólogos espirituales señalan además que la frase tiene un carácter performativo: al pronunciarla, el creyente se compromete a vivir lo que dice. Cada Padrenuestro es, en cierto modo, un examen de conciencia, porque no podemos rezarlo honestamente y, al mismo tiempo, aferrarnos voluntariamente al rencor.
Hay todavía otra riqueza escondida en ese pequeño “como”. En la tradición bíblica no solo indica medida, sino también semejanza.
Pedimos ser perdonados a la manera en que perdonamos. Es decir, entrar en el mismo estilo de misericordia. No igual en cantidad —lo cual sería imposible—, sino en lógica interior. Perdonar no como Dios en perfección, pero sí como Dios en dirección.
Esa es la pedagogía del Evangelio: el Padre es la fuente; nosotros somos aprendices de esa misma misericordia. Y cuando perdonamos, aunque sea torpemente, nos vamos pareciendo a Él. Ese parecido ensancha nuestra capacidad de recibir su perdón.
Por eso los grandes maestros espirituales decían que el perdón al hermano no “compra” el perdón de Dios, sino que nos dispone a recibirlo sin deformarlo.
Porque también puede ocurrir algo más sutil: que alguien pida perdón a Dios… pero sin querer cambiar nada. Quiere absolución sin conversión, misericordia sin transformación.
Y el perdón cristiano no funciona así. No es solo limpieza de culpas; es recreación del corazón. En ese sentido, la frase del Padrenuestro actúa como un espejo. Nos coloca frente a nuestra propia verdad. Cada vez que lo recordamos, deja suspendida una pregunta en el alma: ¿Estoy dejando que la misericordia que pido se vuelva la misericordia que doy?
No porque Dios necesite nuestro ejemplo… sino porque nosotros necesitamos parecernos a Él para poder vivir reconciliados. Y quizá ahí se disuelve la aparente contradicción inicial.
No estamos poniendo a Dios bajo nuestra medida. Estamos pidiendo que nuestra medida sea transformada por la suya.
Es una súplica exigente, sí. Pero profundamente sanadora.
Porque, en el fondo, el Padrenuestro no nos enseña solo a pedir perdón… sino a convertirnos en personas capaces de habitar en nosotros el perdón.










