El mal no se vence devolviendo mal, dijo el predicador de la Casa Pontificia, Roberto Pasolini

Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, leyendo la homilía durante la celebración del Viernes Santo en el Vaticano.
El predicador de la Casa Pontificia, Roberto Pasolini, proclama la homilía durante la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro.

En la reciente celebración de la Pasión del Señor, en la Basílica de San Pedro —presidida por el Papa León XIV—, la homilía pronunciada por el predicador de la Casa Pontificia, Roberto Pasolini, retoma un núcleo que confronta la lógica del mundo: el mal no se vence devolviendo mal. En un escenario global marcado por guerras, tensiones geopolíticas y fracturas sociales cada vez más visibles, esta afirmación no solo suena contracultural, sino casi incomprensible.

Pero ahí radica precisamente la fuerza del momento de la cruz. Vivimos tiempos en los que la reacción se ha convertido en reflejo. Se responde al agravio con agravio, a la violencia con violencia, a la desconfianza con más desconfianza. Es una cadena que parece inevitable, casi natural. Y sin embargo, el cristianismo —cuando es fiel a su origen— no propone seguir esa cadena, sino romperla.

La figura del “Siervo del Señor”, evocada por el profeta Isaías y encarnada en Jesucristo, es la de quien carga el mal sin multiplicarlo. La de quien sufre la injusticia sin convertirla en argumento para destruir al otro. La de quien, desde la cruz, introduce en la historia una lógica distinta: la del amor que no responde al mal con mal.

Lo que esta predicación recuerda —a creyentes y no creyentes— es que la humanidad ya ha probado el camino de la fuerza, del dominio, de la imposición. Y que ese camino, aunque eficaz en el corto plazo, deja tras de sí un rastro de dolor que ninguna victoria logra justificar.

No se trata de un discurso político, pero interpela lo político. Cuestiona los fundamentos de muchas decisiones públicas y desenmascara la ilusión de que la paz puede construirse desde la violencia. Y esto, en un mundo que ha normalizado la guerra, resulta profundamente incómodo, porque obliga a replantear lo que entendemos por poder.

En la lógica dominante, el poder se mide por la capacidad de imponerse. En la lógica de la cruz, en cambio, el poder se revela en la capacidad de entregarse. No como debilidad, sino como una forma radical de resistencia: negarse a participar en la espiral del mal.

Puede parecer ingenuo, incluso insuficiente frente a conflictos complejos y actores armados. Pero también es cierto que ninguna guerra ha logrado sanar el corazón humano. A lo sumo, ha contenido temporalmente el conflicto, preparando el terreno para su reaparición.

La Semana Santa coloca esta tensión en el centro, no como un recuerdo litúrgico, sino como una pregunta vigente: ¿es posible otro camino? El predicador de la Casa Pontificia habló de una “multitud silenciosa” que, sin protagonismo, sostiene esa lógica distinta en lo cotidiano. Hombres y mujeres que no devuelven el mal recibido, que no endurecen el corazón ante la herida, que siguen apostando por el bien incluso cuando parece inútil.

Esa multitud no aparece en los titulares. No define agendas internacionales. Pero, en un sentido profundo, mantiene abierta la posibilidad de que el mundo no esté condenado a repetirse.

Por eso, lo que escuchamos en esta predicación no es irrelevante. No porque tenga poder político directo, sino porque apunta hacia otra forma de habitar la historia. Una forma que no se impone, pero que resiste. Que no grita, pero que permanece.

En un tiempo donde incluso el nombre de Dios es invocado para justificar la guerra, esta voz recuerda algo esencial: que no todo lo que se hace en nombre de Dios refleja a Dios. Y que la cruz —lejos de ser un símbolo de derrota— puede seguir siendo, todavía hoy, una crítica radical a la violencia que creemos inevitable.

En medio de tanto ruido, sigue siendo necesario escuchar la cruz, porque nos obliga a preguntarnos si estamos dispuestos a seguir alimentando los conflictos o a romper la cadena que los sostiene.

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