
Cuando un católico afirma que la Virgen María es su Madre, no está usando una expresión poética ni una simple muestra de cariño. Está proclamando una realidad profundamente arraigada en la Sagrada Escritura y en la fe constante de la Iglesia.
Para muchas personas esta afirmación resulta extraña. “¿Cómo puede María ser madre de millones de personas si solamente dio a luz a Jesús?”. La respuesta no se encuentra únicamente en un sentimiento de devoción, sino en el misterio mismo de la Redención.
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Un regalo hecho desde la cruz
El momento culminante ocurre en el Calvario. Mientras Cristo ofrecía su vida por la salvación del mundo, pronunció unas palabras que la Iglesia ha meditado durante veinte siglos:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27).
A primera vista podría pensarse que Jesús simplemente aseguraba el cuidado material de María después de su muerte. Sin embargo, el Evangelio de san Juan rara vez presenta hechos con un significado solamente histórico. Sus relatos poseen siempre una profundidad espiritual.
El discípulo amado no aparece únicamente como Juan, hijo de Zebedeo. Desde los primeros siglos del cristianismo fue comprendido como la figura del discípulo perfecto, de todo aquel que permanece fiel al Señor.
Por eso, cuando Jesús entrega María al discípulo y el discípulo a María, está constituyendo una nueva familia nacida al pie de la cruz: la familia de los redimidos.
No es casualidad que este gesto ocurra precisamente en el momento en que Cristo consuma el sacrificio de la Nueva Alianza. Mientras nace la Iglesia del costado abierto del Salvador, también se manifiesta la maternidad espiritual de María.
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Madre de Cristo, Madre de la Iglesia
San Pablo enseña que la Iglesia no es simplemente una organización religiosa, sino el Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12, 12-27; Ef 1, 22-23). Cristo es la Cabeza. Nosotros somos los miembros de ese Cuerpo. Y como María es verdadera Madre de Cristo, resulta natural comprender que también ejerce una maternidad sobre quienes estamos unidos a Él.
Es nuestra madre no porque vuelva a dar a luz a Cristo en nosotros, sino porque el mismo Señor quiso asociarla maternalmente al nacimiento y crecimiento de todos los que forman parte de su Cuerpo.
Algo fundamental de nuestra fe es que la maternidad de María no termina en Belén, sino que se prolonga en la vida de la Iglesia.
Por eso el Concilio Vaticano II enseña que la Santísima Virgen «es reconocida y honrada como verdadera Madre de Dios y del Redentor» y también «madre de los miembros de Cristo», porque cooperó con su amor para que nacieran en la Iglesia los fieles que forman parte de ese Cuerpo.
El “sí” que abrió la puerta a la salvación
Esta maternidad espiritual comenzó mucho antes del Calvario. Comenzó cuando el ángel anunció el plan de Dios, María respondió:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
Con ese “sí” libre y obediente, permitió que el Verbo eterno asumiera nuestra naturaleza humana. No fue una colaboración accidental. Dios quiso contar con la respuesta de una mujer para que el Salvador viniera al mundo.
Por eso la tradición cristiana ha visto en María a la nueva Eva. Así como la primera mujer participó en la caída mediante la desobediencia, la nueva Eva coopera con la obra de la salvación mediante la obediencia de la fe. Toda su vida fue una entrega constante al proyecto de Dios.
Una madre que sigue ejerciendo su misión
La maternidad no termina con el nacimiento de un hijo, sino que continúa mientras ese hijo necesita amor, orientación y cuidado.
Lo mismo sucede con María. Después de la Ascensión del Señor, la encontramos orando con los Apóstoles en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14). Allí aparece nuevamente como madre que acompaña a la Iglesia naciente.
Desde entonces, la tradición cristiana ha reconocido que sigue ejerciendo esa misión maternal. Intercede por nosotros. Nos anima en el camino de la fe. Nos sostiene en la prueba. Nos invita constantemente a hacer lo mismo que dijo en las bodas de Caná:
«Hagan todo lo que Él les diga» (Jn 2, 5).
Esa frase resume toda la espiritualidad mariana. María nunca busca quedarse con los discípulos para ella, sino que siempre conduce hacia Cristo.
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¿María le quita algo a Jesús?
Esta es quizá la objeción más frecuente, pero la respuesta de la Iglesia ha sido siempre la misma: no.
Toda auténtica devoción mariana es profundamente cristocéntrica, porque María no sustituye a Jesucristo como único Salvador ni ocupa el lugar que corresponde únicamente a Dios.
Toda su grandeza consiste precisamente en conducirnos hacia su Hijo. Así como la luna refleja la luz del sol sin producirla, así María refleja la gracia de Cristo sin ser su origen. Mientras más cerca estamos de María, más cerca somos conducidos hacia Jesús.
Un regalo para toda la vida
Todos hemos recibido una madre que nos dio la vida natural, pero Cristo quiso que, además, tuviéramos una Madre que nos acompañara en el camino hacia la vida eterna. No para reemplazar a nuestras madres terrenas, sino para completar con amor maternal la obra de la gracia.
Al pie de la cruz, Jesús no solo estaba terminando su misión redentora. También estaba asegurándose de que ninguno de sus discípulos caminara solo. Por eso la Iglesia llama a María Madre de la Iglesia y Madre de todos los creyentes. No porque los cristianos la hayan elegido para ese papel, sino porque fue el mismo Señor quien, desde la cruz, nos la entregó como un don.
Cada vez que pronunciamos con fe las palabras “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros”, no estamos dirigiéndonos a una figura lejana del pasado. Estamos acudiendo a la Madre que Cristo quiso regalarnos para que, con su ejemplo, su intercesión y su amor, nos conduzca siempre hacia Él, único Señor y Salvador del mundo.










