
Artículo relacionado: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador: A 1700 años del Concilio de Nicea.
Al cumplirse 1700 años del Concilio de Nicea, la Iglesia tiene un motivo auténtico de alegría: en aquel momento, iluminada por el Espíritu de Dios, pudo comprender con claridad de fe que Jesucristo es verdadero Dios, Hijo eterno del Padre. Esta afirmación dio solidez al anuncio cristiano y permitió a la Iglesia confesar con palabras comunes lo que creía y celebraba desde sus orígenes.
Esa confesión sigue siendo central para la vida cristiana. La fe en Jesucristo como verdadero Dios sostiene la oración, la liturgia y la esperanza de los creyentes. Cada vez que se proclama el Credo, la Iglesia vuelve a ese momento en el que supo poner nombre a su fe de manera responsable y compartida.
Hoy para todos los cristianos es una obviedad que Jesucristo es Hijo eterno de Dios, pero no siempre se creyó lo mismo. El Concilio de Nicea ocurrió en una Iglesia que estaba creciendo y organizándose. De hecho desde el siglo I del cristianismo existieron distintas maneras de comprender la relación entre Jesús y Dios Padre.
Tan pronto Jesús ascendió al Cielo, surgieron diferentes interpretaciones de lo que había sucedido. La Iglesia no comenzó con una confesión de fe única ni uniforme. El debate formó parte del camino de búsqueda y reflexión de las primeras comunidades, que intentaban ser fieles al Evangelio en contextos culturales diversos.
Algunos creyentes afirmaban que Jesús era Dios desde el momento de su resurrección, otros creían que su divinidad comenzó tras su bautismo, cuando los cielos se abrieron, el Espíritu Santo descendió como paloma y una voz divina declaró: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Otros en cambio afirmaban que su divinidad comenzó desde su nacimiento mientras otros decían que desde su concepción. Pero la versión más intensa concebía su divinidad desde la eternidad.
El Concilio de Nicea fue un punto decisivo porque permitió a la Iglesia reconocer, en comunión, cuál de esas comprensiones expresaba mejor la fe recibida. Ese discernimiento se dio en un momento histórico concreto, cuando la Iglesia comenzaba a relacionarse con el poder político, en cuya cima estaba el emperador Constantino. Era el momento en que la Iglesia comenzó a asumir una forma institucional más definida.
Históricamente, el concilio de Nicea se desenvuelve en un momento en que ya había un consenso muy generalizado en materia de fe, pero el debate sobre la naturaleza de Jesucristo continuaba, y un personaje con alta preponderancia en las discusiones era Arrio, un presbítero de Alejandría, Egipto, cuyo pensamiento teológico afirmaba que el Hijo fue creado por el Padre y por lo tanto no era coeterno.
Arrio afirmaba además que Jesús no era Dios en el mismo sentido que el Padre, lo que implicaba que no tenían la misma naturaleza. El peso teológico de Arrio en la Iglesia era muy potente, lo que generó una crisis eclesial y política en el siglo IV, provocando la convocatoria del Concilio de Nicea en el año 325.
El fruto más valioso y duradero del Primer Concilio de Nicea (hubo un segundo concilio en Nicea, actual Iznik, Turquía, en el año 787) es la formulación del Credo Niceno.
Este símbolo de fe estableció las bases doctrinales del cristianismo, definiendo la divinidad de Jesucristo y su consustancialidad con el Padre, es decir, que Jesús es Dios mismo, no una creación, lo cual condensó el núcleo de la fe cristiana que se mantiene hasta hoy.
Desafortunadamente visto desde el presente, pero comprensiblemente visto desde su propio tiempo, la Iglesia tomó la decisión de exiliar al sacerdote Arrio puesto que su pensamiento tenía un peso preponderante y se podría convertir en un obstáculo para una unidad de la fe. Posteriormente la Iglesia reconsideró su decisión pero Arrio falleció antes de su retorno.
Recordar Nicea hoy invita a valorar tanto la claridad doctrinal alcanzada como el proceso histórico que la hizo posible. Nos permite ver que la fe se fue comprendiendo y expresando en un proceso dentro de una realidad humana, con límites y condicionamientos propios de su tiempo. Reconocerlo así, ayuda a mirar el pasado con gratitud y con honestidad.
Recordar el concilio de Nicea ofrece una enseñanza para el presente. La Iglesia de hoy vive en un contexto distinto, marcado por la diversidad de creencias y por el encuentro con otras confesiones cristianas. Hoy la Iglesia busca dialogar sin excomulgar por creer diferente, a acercarse a lo que piensan distinto y a no utilizar el concepto de herejía por concebir a Dios de distinta manera.
Hoy la fidelidad a la fe se expresa a través del diálogo, la escucha y el testimonio, sin renunciar a lo que se cree, pero buscando siempre caminos de encuentro.
La experiencia histórica de los primeros concilios recuerda que la verdad de la fe se recibe como don y se comunica con responsabilidad. Anunciar a Jesucristo exige claridad, pero también respeto por las personas y sus procesos de fe. La Iglesia está llamada a dar razones de su esperanza con un estilo que refleje el Evangelio que proclama.
Conmemorar Nicea, entonces, es una oportunidad para afirmar la fe que permanece y para seguir aprendiendo a vivirla con misericordia. Dios sigue acompañando a su Iglesia, iluminándola para comprender mejor su misterio y para anunciarlo con sencillez, convicción y apertura al diálogo en nuestro tiempo.










