
Hoy no es un día para ser entendido… es un día para quedarse al pie de la Cruz, junto al que dio la vida por nosotros, al lado a su Madre Santísima, contemplando el amor sin medida. Hay días que se entienden con la cabeza, pero hoy es un día que solo se puede vivir con el corazón.
Hoy la Iglesia recuerda no simplemente un hecho del pasado. No es solo que Jesús fue condenado, golpeado y crucificado. Es algo más profundo, más difícil de mirar sin que algo se mueva por dentro: es el momento en que Dios no se defiende, sólo se entrega.
La tradición cristiana, desde los primeros siglos, ha conservado este día como uno de los más solemnes del año. No como una celebración, sino como una contemplación. Por eso no hay Misa. Por eso los templos se quedan desnudos. Por eso el silencio pesa más que cualquier palabra.
Como lo recoge la enseñanza litúrgica de la Iglesia, este día se centra en la Pasión del Señor y en la adoración de la Cruz, no en la Eucaristía como banquete festivo, sino como memoria del sacrificio (cf. Misal Romano; Conferencia del Episcopado Mexicano). Y en ese silencio, la Iglesia no está ausente. Está de rodillas.
Una cruz que no se mira de lejos
A veces hemos reducido el Viernes Santo a un conjunto de ritos: ir al Vía Crucis, guardar ayuno, asistir a la celebración de la tarde. Todo eso es valioso, profundamente valioso. Pero puede ocurrir que, sin darnos cuenta, nos quedemos en la superficie. Porque el Viernes Santo no pide espectadores. Pide cercanía.
Pide que uno se atreva a no huir del sufrimiento de Cristo, a no mirar hacia otro lado a quedarse ahí, como María, como el discípulo amado, como aquellas mujeres que no se fueron cuando todo parecía perdido.
El relato de la Pasión, proclamado ese día según el Evangelio de san Juan, no es solo una narración. Es casi un espejo que nos confronta. Nos coloca frente a nuestras propias contradicciones: nuestras negaciones, nuestras indiferencias, nuestros silencios cuando deberíamos haber hablado.
Al mismo tiempo, la Pasión de Jesús nos muestra algo que desarma: un Dios que no responde al mal con más mal. Un Dios que, pudiendo evitar la cruz, decide atravesarla.
El lenguaje del silencio
Hay algo profundamente elocuente en el modo en que la Iglesia vive este día. El sacerdote se postra al inicio de la celebración. No hay cantos de entrada, no hay saludo festivo. Solo el silencio. Un silencio que no es vacío, sino lleno de sentido. Es el silencio de quien sabe que está ante un misterio que lo supera.
Luego viene la adoración de la cruz. Es un gesto concreto: acercarse, tocar, besar, inclinarse. Como si la Iglesia dijera: no basta con saber que Cristo murió… hay que acercarse a su entrega.
Y quizá ahí está uno de los momentos más personales del día. Porque cada quien llega a la cruz con lo suyo. Con su historia. Con sus heridas. Con sus culpas. Con sus preguntas. Y la cruz no responde con discursos sino con presencia.
No es dolor por el dolor
Podría parecer, desde fuera, que el Viernes Santo es una exaltación del sufrimiento. Pero no lo es. La Iglesia no se detiene en el dolor por sí mismo. Se detiene en el amor que hay dentro de ese dolor, porque lo que se revela en la cruz no es solo cuánto sufrió Jesús, sino cuánto ama.
El amor de Jesús es un amor concreto, tiene rostro, tiene heridas, tiene historia. Es un amor que perdona incluso cuando está siendo herido. Que no se retira cuando es rechazado. Que no se impone, sino que se ofrece.
Por eso, cuando uno se queda de verdad frente a la cruz, algo cambia. No necesariamente de inmediato, no necesariamente de forma visible, pero algo se mueve, porque es difícil permanecer igual después de haber contemplado un amor así.
Vivirlo hoy, en medio de lo cotidiano
Tal vez el mayor riesgo del Viernes Santo es dejarlo encerrado en el templo: ir, cumplir, volver… y seguir igual.
Pero este día tiene una fuerza que quiere tocar la vida real. La forma en que tratamos a los demás. La manera en que respondemos al dolor. La capacidad —tan difícil— de perdonar. La decisión de no devolver mal por mal.
Vivir el Viernes Santo no es reproducir el sufrimiento, sino dejar que ese amor transforme la propia vida. A veces eso empieza con algo muy sencillo: hacer silencio en medio del ruido, detenerse, dejar de huir de lo que duele, mirar a Cristo y decirle, quizá sin muchas palabras: aquí estoy.
Quedarse al pie de la cruz
El Viernes Santo no se entiende del todo. Y quizá no tiene que entenderse. Sólo se contempla, se habita, se acompaña. Como quien permanece junto a alguien que ama, incluso cuando no hay nada que decir.
Y en ese permanecer, en ese silencio compartido, ocurre algo que no siempre sabemos nombrar: el corazón empieza a aprender un lenguaje nuevo.
El lenguaje del amor que se entrega sin medida.
El lenguaje de la cruz… que, aunque parezca el final, es en realidad el inicio de todo.









