Amar a Dios sobre todas las cosas: ¿cómo se cumple el primer mandamiento?

Mujer lee una Biblia en una mesa mientras, al fondo, un hombre ayuda a caminar a una adulta mayor en un hogar con símbolos católicos.
La lectura del Evangelio y el cuidado de quienes nos necesitan expresan un amor a Dios que se hace presente en la vida cotidiana.

«Amarás a Dios sobre todas las cosas» es una frase que muchos católicos aprendimos desde niños. Podemos repetirla de memoria, pero quizá pocas veces nos hemos detenido a preguntar qué significa concretamente. ¿Cómo podemos saber si verdaderamente amamos a Dios?

En las relaciones humanas reconocemos el amor por la manera en que se hace presente. Una madre cuida a su hijo desde el vientre, procura su bienestar y permanece junto a él cuando la necesita. Amamos a nuestros padres cuando los acompañamos; al cónyuge, cuando compartimos responsablemente la vida; a un amigo, cuando buscamos sinceramente su bien.

Pero el amor no es solamente un sentimiento. Se manifiesta en el cuidado, la fidelidad, la entrega y el compromiso con la persona amada, pero esta explicación, tan comprensible entre seres humanos, nos conduce a una dificultad: ¿cómo reconocer y expresar nuestro amor a Dios si Él no necesita que lo alimentemos, lo protejamos ni le procuremos ningún bien que le falte?

Dios no necesita nuestro amor, pero nosotros necesitamos amarlo

No podemos amar a Dios exactamente como amamos a una persona necesitada. Dios no depende de nosotros ni podemos aumentar su grandeza, completar su felicidad o darle algo que no posea.

Por eso, amar a Dios no consiste en procurar su bienestar, sino en reconocerlo como el bien que da fundamento y orientación a nuestra propia existencia. Es aceptar libremente la relación que Él nos ofrece y dirigir hacia Él nuestra vida.

Esto es más que admitir que Dios existe, y también es más que respetarlo como se respeta a una autoridad. Podemos respetar a un gobernante sin amarlo; incluso podemos obedecer por miedo al castigo o por interés en recibir una recompensa.

El amor aparece cuando dejamos de mirar a Dios solamente como una autoridad distante y lo reconocemos como alguien que nos conoce, nos llama y quiere entrar en relación con nosotros.

Nuestro amor comienza como respuesta

El Catecismo, al explicar el primer mandamiento, recuerda una verdad fundamental: «Dios nos amó primero». Antes de pedir una respuesta, Dios ha tomado la iniciativa. La vida, la creación, la posibilidad de amar, la presencia de Jesucristo y la promesa de su misericordia son manifestaciones de ese amor.

Por eso, Dios no ordena que lo amemos porque necesite recibir algo de nosotros, sino que nos invita a descubrir el amor del que ya somos destinatarios y a responder libremente.

Amarlo comienza por reconocer sus dones y agradecerlos. Quien agradece admite que no se ha dado la vida a sí mismo y que no todo cuanto posee procede exclusivamente de sus esfuerzos. La gratitud rompe la ilusión de la autosuficiencia y nos abre a una relación con quien reconocemos como origen y sustento de nuestra existencia.

De la gratitud nace la confianza. Amar a Dios significa confiar en Él no sólo cuando las cosas suceden como deseamos, sino también cuando no comprendemos lo que vivimos. Esa confianza no elimina el dolor, las preguntas ni la inconformidad, sino que permite presentarlos delante de Dios sin romper deliberadamente la relación con Él.

Amar no es solamente obedecer

La confianza conduce naturalmente a la fidelidad. Jesús dice: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos». No afirma que cualquier obediencia exterior sea amor, sino que el amor verdadero busca expresarse en una vida coherente con la palabra de la persona amada.

Un ser humano puede obedecer por temor, costumbre o conveniencia. Por eso, cumplir exteriormente algunas prácticas religiosas no demuestra por sí solo que amemos a Dios, como asistir a misa o rezar el rosario. 

La obediencia cristiana adquiere sentido cuando nace de la confianza y de la decisión de orientar nuestra voluntad hacia el bien que Dios nos muestra.

Esto no significa dejar de pensar, preguntar o intentar comprender. Tampoco significa que quien ama a Dios nunca se equivoca. Significa que no convierte su propio interés en la autoridad suprema y que cuando reconoce que ha obrado mal, pide perdón, procura reparar el daño y vuelve a encaminar su vida.

¿Qué significa amarlo sobre todas las cosas?

Si amar a Dios es orientar hacia Él la existencia, amarlo «sobre todas las cosas» significa no colocar ninguna realidad creada en el lugar que le corresponde.

No quiere decir amar menos a la familia, abandonar nuestras responsabilidades o despreciar los bienes materiales. Por el contrario, la fe cristiana enseña que las personas y la creación deben ser amadas como obras de Dios, nunca sacrificadas en nombre de una falsa religiosidad.

El problema comienza cuando el dinero, el poder, el prestigio, el placer, una ideología o incluso una persona se convierten en absolutos. Algo ocupa el lugar de Dios cuando le entregamos nuestra conciencia y permitimos que determine, por encima de toda verdad y justicia, nuestras decisiones.

Amar a Dios sobre todas las cosas significa que ninguna ambición, temor o interés debe valer más que el bien, la verdad, la justicia y la misericordia que reconocemos en Él.

El prójimo hace visible nuestro amor a Dios

Amar a Dios a través del prójimo puede quedarse en buenas intenciones. Por eso Jesús ofrece una forma concreta de verificarla: la manera en que tratamos al prójimo. “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”, dice Jesús. 

Como no podemos procurar a Dios un bien que le falte, podemos servirlo procurando el bien de sus hijos, especialmente de quienes sufren, necesitan ayuda o han sido excluidos.

Esto no sustituye la oración, la adoración ni la participación en la Eucaristía. Evita que esas prácticas queden separadas de la vida. Podemos hablar constantemente de Dios, pero si humillamos, engañamos o despreciamos a los demás, nuestros actos contradicen el amor que afirmamos tenerle.

Por el contrario, amamos a Dios cuando oramos con sinceridad, escuchamos su Palabra, agradecemos, confiamos, participamos conscientemente en la Eucaristía y buscamos conocer su voluntad. Y ese amor se vuelve visible cuando perdonamos, compartimos, acompañamos al que sufre, defendemos la dignidad humana y procuramos la justicia.

Cumplir el primer mandamiento no significa experimentar continuamente fervor religioso ni pensar en Dios a todas horas. Significa reconocerlo como el fundamento de nuestra vida, aceptar libremente su amor y procurar que nuestras decisiones no contradigan aquello que Él ama.

Amar a Dios sobre todas las cosas es confiar en Él, buscar la comunión con Él y hacer nuestro el bien que quiere para todos sus hijos.

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