Cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo

Grupo de personas conversando en un ambiente familiar mientras uno de ellos comparte su experiencia con los demás.
Jesús no pidió al hombre de Marcos 5 que permaneciera a su lado, sino que regresara con los suyos y contara lo que el Señor había hecho por él. La experiencia de la misericordia se convierte así en testimonio.

Una reflexión acerca de Marcos 5:19: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». 

La gratitud cristiana no termina al dar gracias: lo que Dios hace en nuestra vida puede convertirse en testimonio y anuncio de su Reino.

A veces creemos que agradecer a Dios es suficiente. Recibimos una gracia, encontramos consuelo en una situación difícil, recuperamos la esperanza, descubrimos una respuesta que necesitábamos o simplemente reconocemos cuánto bien ha hecho el Señor en nuestra vida. 

Entonces acudimos a la iglesia, participamos en la Eucaristía, hacemos oración y damos gracias. Y hacemos bien, pero algunas veces Jesús pide algo más.

El Evangelio de Marcos cuenta la historia de un hombre que había vivido atormentado y marginado. Después de encontrarse con Jesús, su vida cambia radicalmente. Cuando llega el momento de que Jesús se marche, aquel hombre quiere acompañarlo.

Podría parecernos la reacción perfecta puesto que después de todo lo que Jesús había hecho por él, quería permanecer a su lado. Sin embargo, Jesús no se lo permite. Le dice:

«Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti» (Mc 5,19).

Aquí aparece una dimensión fundamental de la vida cristiana: la gracia recibida puede convertirse en testimonio.

Volver con los nuestros

Jesús no envía primero a aquel hombre a estudiar grandes cuestiones teológicas. Tampoco le pide que se convierta en especialista de las Escrituras antes de hablar. Le pide algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente exigente: Cuéntales lo que Dios ha hecho contigo.

Ese hombre conocía algo que nadie podía discutirle: sabía quién había sido antes de encontrarse con Jesús y sabía lo que había sucedido después. Su propia vida se había convertido en testimonio.

No todos podemos explicar con profundidad una cuestión doctrinal. No todos tenemos facilidad para hablar de teología. No todos sabemos responder las preguntas difíciles que pueden hacernos sobre la fe, pero todo cristiano puede preguntarse: ¿Qué ha hecho Dios conmigo? Seguro descubriremos que tenemos mucho que contar.

Podemos hablar de aquella ocasión en que encontramos fuerzas cuando pensábamos que ya no las teníamos; de una reconciliación que parecía imposible; de una etapa de nuestra vida en que la oración nos sostuvo; de una decisión que cambió nuestro rumbo; de la paz que encontramos cuando dejamos de luchar solos; de una comunidad que nos recibió; de una persona que Dios puso providencialmente en nuestro camino.

No necesitamos convertir cada acontecimiento favorable en milagro ni atribuir precipitadamente a Dios todo cuanto sucede. El testimonio cristiano también necesita humildad y prudencia, pero tampoco deberíamos acostumbrarnos tanto a la gracia que recibimos, que terminemos guardándola en silencio.

La iglesia no es el destino final de la gratitud

Ir al templo a dar gracias es algo hermoso. La Eucaristía misma es acción de gracias, allí reconocemos que todo procede de Dios y que nuestra vida encuentra en Él su fundamento, pero la vida cristiana no termina cuando salimos de la iglesia.

Al salir de la iglesia comienza otra parte de nuestra responsabilidad. Recordemos que Jesús envió a aquel hombre precisamente a su casa, con los suyos. Hay algo profundamente pastoral en ese mandato. Nuestro primer territorio de misión muchas veces no está lejos. Está alrededor de nosotros.

Es nuestra familia, nuestros amigos, las personas con quienes trabajamos, quien atraviesa una dificultad, quien ha perdido la esperanza, quien piensa que Dios se ha olvidado de él. Quizá esas personas no necesiten primero una explicación religiosa. Quizá necesiten encontrarse con alguien capaz de decirles, con sencillez: Yo también he pasado por momentos difíciles y he descubierto que Dios no me abandonó. Eso puede abrir una puerta.

Testimoniar no es presumir bendiciones

Aquí necesitamos hacer una distinción importante. Dar testimonio no consiste en presentarnos ante los demás como personas especialmente favorecidas por Dios. A veces cometemos el error de decir “Dios me ama tanto que hizo esto por mí”. Con ello sólo logramos hacerles pensar que Dios no les ama tanto. 

La fe cristiana no debería convertirse en un escaparate de éxitos: Dios me concedió esto, Dios me dio aquello, Dios resolvió mis problemas, Dios hizo prosperar mis proyectos. El centro del testimonio de Marcos 5:19 es otro. Jesús dice que cuente lo que el Señor ha hecho con él «y cómo ha tenido compasión de ti». La palabra decisiva es compasión.

El testimonio cristiano no pretende demostrar cuánto éxito tenemos porque seguimos a Dios. Lo que pretende es mostrar cómo es Dios: un Dios que se acerca, que escucha,  que levanta, que restaura la dignidad, que vuelve a integrar a quien estaba separado de los demás.

Por eso nuestro testimonio no debería terminar en nosotros mismos. Si después de escucharnos alguien piensa solamente «”qué afortunada es esta persona”, quizá hemos contado nuestra historia, pero todavía no hemos mostrado suficientemente el Evangelio.

El verdadero testimonio debería permitir que alguien pueda pensar: “Entonces yo también puedo acercarme a Dios y confiar en su misericordia”.

Esto también es construir el Reino

Seguir a Jesús no consiste solamente en aprender determinadas normas morales. Por supuesto que el Evangelio transforma nuestra conducta. Nos llama a vivir con verdad, justicia, fidelidad, misericordia, responsabilidad y amor. Pero Jesús anunció algo todavía más grande: el Reino de Dios.

El Reino comienza a hacerse visible cuando la vida humana empieza a ser transformada según el corazón de Dios. Donde alguien recupera su dignidad, hay un signo del Reino. Donde se produce reconciliación, hay un signo del Reino. Donde alguien descubre que no está abandonado, hay un signo del Reino. Donde la misericordia sustituye al desprecio, donde el amor vence al egoísmo y donde una persona vuelve a levantarse, el Reino comienza a manifestarse.

Eso había sucedido con el hombre del Evangelio. Antes estaba aislado, atormentado y apartado de la comunidad. Después del encuentro con Jesús, vuelve a ser capaz de regresar con los suyos. Por eso Jesús lo envía, porque su propia existencia se había convertido en anuncio.

Nuestra historia también puede anunciar a Dios

Quizá hemos pensado que evangelizar significa necesariamente predicar ante muchas personas, realizar una misión en lugares lejanos o poseer una preparación teológica considerable.

Todo eso puede formar parte de la misión de la Iglesia. Pero Marcos 5:19 nos muestra una evangelización mucho más cercana. Regresa con los tuyos y cuenta. Cuenta con sencillez, sin exageraciones, sin presentarte como superior, sin pretender que tu experiencia obligue a los demás a creer.

Simplemente cuenta lo que has vivido y deja que tu manera de vivir confirme tus palabras. Porque hay testimonios que se pronuncian con la boca y testimonios que se sostienen durante años con la vida.

Tal vez alguien cercano a nosotros necesita escuchar precisamente eso, no una conferencia sobre Dios, no una convención sobre el Reino, no una discusión religiosa, no una demostración de que nosotros tenemos razón. Quizá solamente necesita conocer a una persona que pueda decirle con serenidad: “Yo he conocido la compasión de Dios. Permíteme contarte lo que Él ha hecho conmigo”.

Entonces la teología deja de ser solamente aquello que sabemos acerca de Dios, y se convierte también en aquello que hemos descubierto al caminar con Él.

Así la fe deja de permanecer encerrada en el templo para regresar, como aquel hombre del Evangelio, a casa, con los nuestros.

Porque quien ha recibido una buena noticia no solamente tiene algo que agradecer. Tiene también algo que contar.

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