¿Por qué rezamos el Ave María?

Manos sostienen un rosario de madera dentro de una iglesia iluminada por la luz que entra por un vitral, mientras una imagen desenfocada de la Virgen María aparece al fondo.
El Ave María ha acompañado la oración de millones de cristianos durante siglos y continúa siendo una de las expresiones más profundas de la espiritualidad católica.

Hay oraciones que aprendemos tan pronto que llegan a formar parte de nosotros. Las escuchamos de labios de nuestros padres o de nuestros abuelos. Las repetimos antes de dormir, en la iglesia, durante el Rosario, frente a una imagen de la Virgen o junto a la cama de un ser querido. Con el tiempo dejan de ser palabras que tenemos que recordar y se convierten en palabras que el corazón sabe pronunciar casi sin pensarlas. Así sucede con el Ave María.

Pocas oraciones son tan conocidas dentro de la Iglesia católica. Se reza en todos los continentes, en todos los idiomas y por personas de todas las edades. Ha acompañado durante siglos la alegría de un nacimiento, la esperanza de un enfermo, la incertidumbre de quien enfrenta una dificultad y el silencio con el que despedimos a nuestros difuntos. Es, quizá, la oración mariana más rezada de toda la historia del cristianismo.

Y, sin embargo, precisamente porque la conocemos de memoria, pocas veces nos detenemos a contemplar lo que realmente estamos diciendo.

Eso no significa que nuestras oraciones carezcan de valor cuando las pronunciamos sin reparar en cada palabra. Una madre no deja de comprender el “te quiero” de un hijo pequeño porque todavía no alcance a medir toda la profundidad de ese amor. Del mismo modo, quien reza un Ave María con fe, aunque no conozca toda la riqueza que encierra esta oración, ya está entrando en diálogo con Dios y poniéndose, con confianza filial, bajo la protección de la Virgen María.

Comprender una oración no la hace más poderosa. La oración no actúa por la cantidad de conocimientos que tenga quien la pronuncia. Su fuerza nace de Dios. Pero conocer mejor aquello que rezamos sí puede transformar nuestra manera de vivirlo. Es como contemplar una obra de arte después de que alguien nos ha ayudado a descubrir los detalles que antes pasaban inadvertidos. La pintura es la misma; quienes hemos cambiado somos nosotros.

Tal vez por eso la Iglesia, desde sus primeros siglos, no sólo ha conservado las palabras del Ave María, sino que también las ha meditado una y otra vez. Descubrió en ellas una síntesis admirable del Evangelio: la iniciativa de Dios, la respuesta libre de María, la Encarnación del Hijo y la esperanza de quienes caminamos hacia Él.

Curiosamente, el Ave María no nació de una sola vez. La primera parte está formada casi por completo por palabras tomadas del Evangelio de san Lucas. Primero escuchamos el saludo del ángel Gabriel durante la Anunciación y, enseguida, el saludo que santa Isabel dirige a María movida por el Espíritu Santo. 

Durante varios siglos los cristianos repitieron únicamente esas palabras de la Sagrada Escritura como una forma de contemplar el misterio de la Encarnación.

Con el paso del tiempo, la Iglesia añadió una breve súplica: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Esa petición comenzó a difundirse durante la Edad Media y quedó incorporada oficialmente a la forma que hoy conocemos después del Concilio de Trento, cuando san Pío V la incluyó en el Breviario Romano en 1568. Desde entonces, el Ave María ha permanecido prácticamente igual en la Iglesia latina.

No es una casualidad que esta oración ocupe el corazón del Rosario ni que el Catecismo de la Iglesia Católica le dedique una explicación especial. Allí recuerda algo profundamente hermoso: cuando rezamos el Ave María hacemos nuestro el saludo que Dios mismo dirigió a María por medio del ángel Gabriel. Antes de que existiera cualquier oración mariana, fue Dios quien tomó la iniciativa de dirigirse a aquella joven de Nazaret para anunciarle el acontecimiento que cambiaría la historia del mundo.

Quizá esta sea una de las razones por las que el Ave María nunca termina en María. Siempre, toda la oración de Ave María, conduce a Jesucristo. Las primeras palabras anuncian su llegada; las siguientes bendicen al Hijo que ella lleva en su seno; y la última parte nos invita a pedir la intercesión de quien, como en las bodas de Caná, siempre conduce nuestra mirada hacia Él. La verdadera devoción mariana nunca detiene al creyente en María: lo acompaña hasta Cristo.

Por eso esta oración ha permanecido viva durante casi dos mil años. No porque los cristianos hayan encontrado en ella una fórmula mágica, sino porque han descubierto una compañía. Generaciones enteras han pronunciado estas palabras en los momentos más luminosos y también en los más difíciles de la vida. Quien reza el Ave María nunca lo hace completamente solo: une su voz a la de la Iglesia de todos los tiempos.

Y quizá haya un detalle que muchos hemos pasado por alto. Esta oración tan antigua, tan profunda y tan entrañable no comienza con una petición. Comienza con un saludo. Un saludo que ha atravesado veinte siglos de historia y que todavía hoy pronunciamos casi sin detenernos a pensar en toda la belleza que encierra:

«Dios te salve, María…»

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