
Cuando el Papa León XIV se encontró con los jóvenes en Madrid y les pidió que fueran humanos, que buscaran la justicia y que no permitieran que les robaran la vida, muchos interpretaron aquellas palabras como un mensaje dirigido exclusivamente a la juventud.
Sin embargo, conforme avanzan los días de su visita a España, parece cada vez más claro que aquellas palabras eran mucho más que una exhortación para los jóvenes. Eran una especie de llave para comprender todo el viaje.
La pregunta entonces es inevitable: ¿qué está viendo León XIV en el mundo actual para haber elegido precisamente ese mensaje?
Un Papa que parece preocupado por la deshumanización
Desde el inicio de su pontificado, León XIV ha mostrado una preocupación constante por fenómenos que, aunque distintos entre sí, tienen una raíz común: la pérdida del sentido de la persona humana.
La creciente polarización política, la agresividad en el debate público, la cultura de la indiferencia, la soledad que afecta especialmente a jóvenes y adultos mayores, la reducción de las personas a simples consumidores o usuarios de tecnología, e incluso los desafíos planteados por la inteligencia artificial, aparecen una y otra vez en sus intervenciones.
Por eso resulta significativo que no haya comenzado su visita hablando de estrategias pastorales, estructuras eclesiales o debates políticos. Eligió hablar de humanidad. Como si quisiera recordar que antes de reconstruir la sociedad, la política o incluso la propia Iglesia, es necesario recuperar algo más básico: nuestra capacidad de reconocernos como personas creadas por Dios y llamadas a vivir en la verdad.
Cuando pidió a los jóvenes que no dejaran que les robaran la vida mediante la ambición del poder, del placer o de la riqueza, no parecía estar describiendo solamente problemas juveniles. Parecía describir algunas de las tentaciones que atraviesan a buena parte de las sociedades occidentales.
Una visita marcada por la esperanza más que por la confrontación
A medida que han transcurrido los encuentros en España, comienza a percibirse también el tono pastoral que León XIV ha querido imprimir a esta visita.
No ha venido como un Papa dispuesto a señalar enemigos. Tampoco ha llegado para alimentar las guerras culturales que tantas veces dominan el debate público. Su lenguaje ha sido exigente, pero sereno.
Ha hablado de la verdad sin agresividad. Ha defendido la dignidad humana sin caer en discursos partidistas. Ha insistido en la justicia vinculándola siempre con la fraternidad y el encuentro.
Incluso cuando ha abordado temas delicados para la Iglesia, su énfasis ha estado más en la sanación y la reconstrucción que en la confrontación.
Todo ello permite vislumbrar una línea pastoral que parece combinar dos convicciones profundas. La primera es que el Evangelio sigue teniendo respuestas para las heridas contemporáneas. La segunda es que esas respuestas deben presentarse desde el testimonio y la cercanía más que desde la imposición.
Por momentos, el Papa parece estar invitando a la Iglesia a recuperar la capacidad de dialogar con una sociedad secularizada pero sin renunciar a su identidad. Esa intención comienza a percibirse en la forma misma en que León XIV se dirige a las personas.
En lugar de partir de los temas que suelen generar confrontación inmediata, ha comenzado por aquello que puede ser reconocido por creyentes y no creyentes: la dignidad humana, la búsqueda de sentido, la necesidad de verdad, la justicia, la fraternidad y la esperanza. No porque esos valores sustituyan al Evangelio, sino porque forman parte de él.
Su propuesta parece ser que la Iglesia vuelva a hablar al corazón de la sociedad antes de entrar en los debates que la dividen. Primero recordar quién es el ser humano y para qué está llamado; después mostrar que Cristo no limita esa humanidad, sino que la lleva a su plenitud.
En este sentido, el mensaje «sed humanos» adquiere una profundidad mayor. No es una invitación genérica a ser buenas personas. Es una manera de tender un puente entre la experiencia humana universal y la propuesta cristiana.
León XIV parece convencido de que una sociedad secularizada no necesita una Iglesia que oculte su identidad para ser aceptada, pero tampoco una Iglesia encerrada en sí misma. Necesita una Iglesia capaz de escuchar, dialogar y acompañar, mostrando con serenidad que la fe sigue teniendo algo valioso que decir sobre las grandes preguntas humanas.
Quizá por eso, hasta ahora, el Papa ha preferido hablar menos de las fronteras que separan a las personas y más de aquello que puede volver a unirlas.
Una España que escucha con atención
España no es hoy el país que fue hace apenas unas décadas. Las estadísticas muestran una práctica religiosa menor que en generaciones anteriores, especialmente entre los jóvenes. Sin embargo, la visita papal ha demostrado que la fe sigue teniendo una capacidad notable de convocatoria.
Las multitudinarias concentraciones juveniles, la amplia cobertura mediática y el interés social generado por los distintos actos muestran que, incluso en una sociedad cada vez más secularizada, la voz del Papa continúa despertando atención.
Más interesante aún ha sido la recepción del mensaje. Las palabras de León XIV han encontrado eco no solamente entre creyentes practicantes. Su insistencia en la dignidad humana, la búsqueda de sentido, la justicia y la necesidad de una vida auténtica conecta con inquietudes que atraviesan a amplios sectores de la sociedad.
Tal vez porque, más allá de las diferencias religiosas, muchas personas reconocen que existe un cansancio creciente frente al individualismo, la polarización y la superficialidad que caracterizan buena parte de la vida contemporánea.
Su visita apenas comienza a revelar su significado
Todavía es pronto para evaluar el impacto que tendrá este viaje en la Iglesia española o en la sociedad, pero sí parece posible afirmar que León XIV ha llegado con una propuesta pastoral muy definida.
Desde su primer mensaje dejó claro que ha ido a hablar del ser humano, y quizá esa elección no sea casual, pues el Papa parece convencido de que muchas de las crisis que vivimos —espirituales, sociales, culturales e incluso políticas— tienen una raíz común: hemos olvidado quiénes somos.
Por eso comenzó hablando a los jóvenes de humanidad. Y por eso, conforme avanzan los días de su visita, da la impresión de que aquel mensaje inicial no era solamente para ellos, ni sólo para España.
Era para todos.









