
Durante muchos años hemos escuchado que asistir a Misa los domingos es una obligación para todo católico. Lo sabemos desde niños. Lo enseñan los catecismos, lo recuerdan los sacerdotes y forma parte de la vida ordinaria de la Iglesia.
Sin embargo, basta observar la realidad para darnos cuenta de que algo no está funcionando. Cerca de cien millones de mexicanos se identifican como católicos. Se bautizan los hijos, se celebran las fiestas patronales, se colocan imágenes religiosas en los hogares, se pide una Misa cuando fallece un ser querido y se conserva un profundo cariño por la Virgen María. Pero cuando llega el domingo, la asistencia a la Eucaristía es mucho menor de lo que cabría esperar en una nación que sigue considerándose mayoritariamente católica.
Para comprender qué está pasando debemos introducirnos en una reflexión incómoda pero necesaria: la obligación de ir a misa pierde fuerza cuando se pierde el sentido de hacerlo.
Siendo realistas nadie necesita que le recuerden constantemente la importancia de aquello que ama. Nadie tiene que obligar a una madre a visitar a su hijo enfermo. Nadie tiene que imponer a un enamorado el deseo de encontrarse con la persona que ama. Cuando comprendemos el valor de algo, la obligación pasa a un segundo plano.
Tal vez por eso la pregunta no debería ser por qué tantos católicos no van a Misa, sino por qué tantos de nosotros hemos dejado de comprender lo que la Misa significa.
La Iglesia siempre ha enseñado que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. No se trata simplemente de una reunión comunitaria, de una tradición heredada o de una costumbre respetable. Se trata del acto central de nuestra fe, del momento más importante de la semana para un católico. Y, sin embargo, debemos reconocer con humildad que muchas veces actuamos como si no lo fuera.
Llegamos tarde. Nos retiramos a la mitad de la homilía. Permitimos que cualquier actividad nos ocupe en lugar de la misa. En ocasiones asistimos físicamente, pero nuestro corazón y nuestra mente están en otra parte. A veces vamos únicamente por compromiso familiar, por costumbre o porque alguien nos lo pidió.
La pregunta es inevitable. Si realmente estuviéramos convencidos de que cada domingo acudimos al encuentro más importante de nuestra semana, ¿nos comportaríamos de la misma manera? Probablemente no.
Aquí aparece uno de los mayores desafíos pastorales de nuestro tiempo. No basta con repetir que la Misa es obligatoria. La mayoría de los católicos ya lo sabe. El verdadero desafío consiste en redescubrir por qué es importante.
Durante décadas, la Iglesia ha hablado de la necesidad de una nueva evangelización. Muchas veces pensamos que esa tarea consiste en anunciar el Evangelio a quienes nunca han escuchado hablar de Cristo. Pero existe otra realidad que también necesita atención: millones de bautizados que conservan una identidad católica, pero cuya relación con la fe se ha vuelto débil, superficial o distante.
No se trata de señalar culpables. Tampoco de juzgar a quienes atraviesan dificultades, crisis de fe o circunstancias personales complejas. Se trata de preguntarnos honestamente qué lugar ocupa Dios en nuestra vida y qué lugar ocupa la Eucaristía dentro de nuestra relación con Él.
Porque la vitalidad de la Iglesia no depende solamente del número de bautizados que aparecen en las estadísticas. Depende también de la profundidad con que vivimos aquello que creemos.
Quizá todo esto nos obliga a mirar más allá de las estadísticas y reconocer una realidad que está frente a nosotros desde hace décadas.
No basta con lamentar que muchos católicos ya no asistan a Misa con regularidad. Tampoco basta con recordar una y otra vez que existe una obligación dominical. La verdadera pregunta es si hemos logrado transmitir la belleza, la profundidad y el sentido de aquello que celebramos.
Si tantos bautizados viven lejos de la vida sacramental, probablemente no estamos únicamente ante un problema de disciplina religiosa. Estamos ante una enorme tarea de evangelización.
Una tarea que corresponde a todos: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, catequistas, agentes de pastoral y también a los laicos comprometidos. Pero una evangelización que quizá deba comenzar por algo muy sencillo y a la vez muy profundo: volver a explicar la fe.
No dar por hecho que nuestros fieles ya la conocen. No suponer que quienes hicieron la Primera Comunión hace veinte, treinta o cuarenta años comprendieron realmente el significado de lo que recibieron. Muchos de nosotros aprendimos algunas fórmulas, memorizamos respuestas y cumplimos requisitos sacramentales, pero nunca tuvimos la oportunidad de profundizar de manera suficiente en la riqueza de nuestra fe.
Por eso necesitamos parroquias que no sólo administren sacramentos, sino que formen discípulos. Comunidades donde las personas puedan preguntar, aprender, redescubrir, crecer y sentirse acogidas. Espacios donde quienes se acercan después de años de ausencia no sean vistos como extraños, sino como hermanos que regresan a casa.
La nueva evangelización de la que tanto ha hablado la Iglesia no puede limitarse a fortalecer a los grupos de siempre, por valiosos que sean. También debe salir al encuentro de esa inmensa mayoría de bautizados que conserva un vínculo afectivo con la Iglesia, pero que nunca recibió una formación suficiente para comprender plenamente la fe que profesa.
Tal vez ahí se encuentra uno de los mayores desafíos pastorales de nuestro tiempo. Y también una de nuestras mayores esperanzas.
Porque detrás de cada banca vacía, de cada bautizado distante y de cada católico que se alejó sin comprender del todo lo que dejaba atrás, sigue existiendo una persona amada por Dios y llamada a reencontrarse con Él.
Quizá la renovación de la Iglesia comenzará el día en que asumamos juntos esa misión.










